Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Cuando bajaron, la dueña de casa estaba llevando la tetera y detras de ella, con aspecto muy complacido, iba Charlotta IV con un plato de bizcochos calientes.
—Ahora, deben decirme sus nombres —dijo la señorita Lavendar—. Estoy tan contenta de que sean jóvenes. Adoro las jóvenes. Es fácil pretender que yo misma soy una muchacha cuando estoy con ellas. Odio —continuó con una mueca— pensar que soy vieja. Ahora bien, ¿quiénes son ustedes? ¿Diana Barry y Ana Shirley? ¿Puedo imaginar que las conozco hace cien años y llamarlas Ana y Diana directamente?
—Puede hacerlo —dijeron las niñas al unÃsono.
—Entonces sentémonos a comer —dijo la señorita Lavendar alegremente—. Es una suerte que haya preparado el bizcocho y los buñuelos. Por supuesto, era una tonterÃa hacerlos para huéspedes imaginarios. Sé que Charlotta IV lo pensaba; ¿no es asÃ, Charlotta? Pero ya ven qué bien se ha resuelto todo. Claro que no se iban a desperdiciar, porque Charlotta y yo los hubiéramos ido comiendo. Pero el bizcocho no es algo que mejore con el tiempo.
Fue una alegre y memorable merienda y cuando terminaron, salieron al jardÃn bajo el resplandor de la puesta de sol.