Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Pienso que vive en el más maravilloso de los lugares —dijo Diana mirando en torno de ella admirativamente.
—¿Por qué lo llama «La Morada del Eco»? —preguntó Ana.
—Charlotta —dijo la señorita Lavendar—, trae el pequeño cuerno de hojalata que está colgado sobre el estante del reloj.
Charlotta IV salió corriendo y regresó con el cuerno.
—Sopla, Charlotta —le ordenó.
Charlotta sopló y se oyó un sonido algo ronco y estridente. Hubo un momento de silencio… y luego, desde los bosques, llegó una multitud de hermosos ecos, dulces, fugaces, argentinos, como si todos los «cuernos de la región del encanto» estuvieran soplando. Ana y Diana quedaron maravilladas.
—Ahora rÃe, Charlotta. RÃe fuerte.
Charlotta, que probablemente hubiera obedecido a la señorita Lavendar aunque le hubiera ordenado que se pusiese cabeza abajo, subió al banco de piedra y rió fuerte y con todas sus ganas. El eco lo devolvió, como si una horda de duendes estuvieran haciendo burlas a su risa en los bosques púrpura y a lo largo de la orla de abetos.