Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Cuando era joven, se reconocía que era una belleza —dijo Marilla—. Nunca la conocí mucho, pero me gustó con lo poco que la traté. Ya entonces, algunos la consideraban peculiar. Davy, si te descubro otra vez haciendo esas cosas, te obligaré a esperar a que todos terminen de comer para empezar tú, como hace el francés.

La mayoría de las conversaciones que mantenían Ana y Marilla en presencia de los mellizos estaban jalonadas por estos comentarios a Davy. En esta ocasión, el pequeño, al no serle posible recoger las últimas gotas de miel del plato con la cuchara, había resuelto la dificultad alzando el plato con ambas manos y pasándole la lengua.

Ana le miró con ojos tan horrorizados, que el pequeño pecador enrojeció y dijo, mitad avergonzado, mitad desafiante:

—Así no se pierde nada.

—Quienes son distintos a los demás, reciben siempre el calificativo de peculiares —dijo Ana—. Y la señora Lavendar es distinta, aunque es difícil señalar dónde reside tal diferencia. Quizá esté en que es una de esas personas que nunca envejecen.


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