Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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La vida continuó en Avonlea con la suavidad de costumbre. Los «fomentadores» celebraron un Día del Árbol. Cada «fomentador» plantó, o hizo que plantaran, cinco árboles ornamentales. Como la sociedad contaba con cuarenta socios, esto significó un total de doscientos retoños. La avena temprana reverdecía sobre los rojos campos; los manzanos echaban sus grandes brazos cubiertos de capullos en las huertas y la Reina de las Nieves se adornó como una novia esperando a su amado. A Ana le gustaba dormir con las ventanas abiertas para gozar de la fragancia de los cerezos durante la noche. Lo creía muy poético. Marilla pensaba, en cambio, que arriesgaba su vida.

—El Día de Acción de Gracias debería celebrarse en primavera —le dijo Ana a Marilla una tarde, mientras escuchaban el croar de las ranas, sentadas en los escalones de la galería—. Creo que sería mejor que celebrarlo en noviembre, cuando todo está muerto o dormido. Entonces es necesario recordar, para estar agradecida, mientras que en mayo, el agradecimiento es inevitable, aunque sólo sea por la vida. Me siento exactamente como Eva en el Paraíso antes del pecado. La hierba de la hondonada, ¿es verde o dorada? Creo que en días como éste, cuando florecen los capullos y los vientos soplan con tan loca alegría, la tierra se parece al paraíso.


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