Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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Marilla pareció escandalizada y echó una aprensiva mirada, no fuera que los mellizos estuvieran cerca. En aquel mismo instante, éstos aparecieron por detrás de la casa.

—¿No huele muy bien esta tarde? —preguntó Davy, oliendo plácidamente, mientras jugueteaba con un azadón.

Aquella primavera, Marilla, para encauzar la costumbre de Davy de andar entre el barro y la arcilla, les había dado a éste y a Dora un trozo de jardín para cuidar. Ambos se pusieron a trabajar ansiosamente en su forma característica. Dora plantó, sembró y regó cuidadosa, sistemática y desapasionadamente. Como resultado en su parcela ya habían brotado pequeñas y ordenadas filas de hortalizas. Davy, sin embargo, trabajaba con más celo que perseverancia; cavaba, abonaba, rastrillaba y trasplantaba con tanta energía, que a sus semillas no les quedaba oportunidad de crecer.

—¿Cómo va tu jardín, Davy? —preguntó Ana.

—Un poco lento —dijo Davy con un suspiro—. No sé por qué no crecen mejor las cosas. Milty Boulter dice que debo haber plantado en luna nueva y por eso no crece. Dice que no se debe sembrar, matar cerdos, cortarse los cabellos o hacer cualquier otra cosa de importancia en fase contraria de la luna. ¿Es eso verdad, Ana? Quiero saber.


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