Ana, la de Avonlea

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—Quizá si no les sacaras las raíces a tus plantas para ver si crecen «del otro lado», te iría mejor —dijo sarcásticamente Marilla.

—No miré más que a seis —protestó Davy—. Quería saber si había larvas en las raíces. Milty dijo que si la culpa no era de la luna, era de las larvas. Pero no encontré más que una. Era grande y gorda. La puse encima de una piedra y la aplasté con otra. Siento que no hubiera más. El jardín de Dora fue plantado al mismo tiempo que el mío y crece bien. No puede ser la luna —concluyó Davy con tono reflexivo.

—Marilla, mire ese manzano —dijo Ana—. Es casi humano. Está alargando sus luengos brazos para alzarse las rosadas faldas y provocar nuestra admiración.

—Esos manzanos siempre crecen hermosos —dijo Marilla complacida—. Ese árbol estará cargado este año. Me alegro… son muy buenas para las tortas.

Pero ni ella, ni Ana, ni nadie haría torta con esos frutos aquel año.



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