Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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Llegó el veintitrés de mayo, un día excepcionalmente caluroso, como lo notaron más que nadie Ana y su enjambre de alumnos, que luchaban con los quebrados y la sintaxis en el aula de Avonlea. Antes del mediodía había soplado una brisa cálida, pero a esa hora se trasformó en una pesada quietud. A las tres y media, Ana escuchó el lejano retumbo del trueno. Despachó pronto a sus alumnos, de modo que los pequeños pudieran llegar a sus casas antes de que se desatara la tormenta.

Cuando salieron al patio, Ana percibió cierta sombra y oscuridad en el ambiente, a pesar de que brillaba aún el sol. Annetta Bell se cogió nerviosamente de la mano.

—¡Señorita, mire esa horrible nube!

Ana miró y lanzó una exclamación de consternación. Hacia el noroeste se alzaba un banco de nubes como no había visto en su vida. Negro, excepto en los bordes, donde era blancuzco. En él había algo de indescriptible amenaza mientras se destacaba sobre el claro cielo azul; cada tanto, la atravesaba un relámpago, seguido por un salvaje rugido. Estaba tan bajo, que casi parecía tocar las cimas de las colinas.

El señor Harmon Andrews apareció en la colina, en su coche, a toda la velocidad que podía. Se detuvo frente a la escuela.


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