Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Sospecho que el tÃo Abe acertó por una vez en su vida —gritó—. Su tormenta llega un poquito adelantada. ¿Vio alguna vez algo como esa nube? A ver, todos los que vivan por mi lado, suban, y los que no, corran a la oficina de correos si tienen que caminar más de medio kilómetro y quédense allà hasta que pase el chaparrón.
Ana cogió a los mellizos y voló colina abajo, por el Camino de los Abedules, cruzando el Valle de las Violetas y Willowmere. Llegaron a tiempo a «Tejas Verdes» y Marilla, que venÃa de reunir a las aves, se les unió en la puerta. Mientras entraban en la cocina, la luz pareció desvanecerse, como ahuyentada por un poderoso bufido; los nubarrones cubrieron el sol y se extendió un temprano crepúsculo por el mundo. Al mismo tiempo, con retumbo de truenos y luz de relámpagos, el granizo azotó los campos.