Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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Entre el clamor de la tormenta, llegó el golpe de las ramas rotas que azotaban la casa y el ruido de vidrios hechos pedazos. A los tres minutos, todos los cristales de las ventanas que daban al oeste y al norte estaban hechos trizas y el granizo entraba por las aberturas cubriendo el suelo con trozos, el más pequeño de los cuales tenía el tamaño de un huevo de paloma. La tormenta siguió durante tres cuartos de hora y quien la pasó, no pudo olvidarla. Marilla, arrancada por una vez de su compostura, se arrodilló junto a su mecedora en un rincón de la cocina, llorando entre los ensordecedores truenos. Ana, blanca como el papel, había arrastrado el sofá lejos de la ventana y estaba allí sentada con un mellizo a cada lado. Davy, al primer estallido, había dicho:

—Ana, Ana, ¿es éste el día del Juicio Final? —Y entonces hundió su cara en la falda de la muchacha, quedándose así, con el cuerpecito temblando.

Dora, algo pálida pero bastante segura de sí, se sentó con su mano entre las de Ana, silenciosa e inmóvil. Ni siquiera un terremoto hubiera sido capaz de conmoverla.



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