Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea A lo lejos se extendÃa una blanca alfombra de granizo, alta hasta la rodilla; bajo los aleros y sobre los escalones, se amontonaban los trozos de hielo. Cuando, a los tres o cuatro dÃas, se licuaron, pudieron ver los destrozos que habÃan producido; todo cuanto brotaba en los campos estaba destruido. No sólo habÃan sido arrancados los capullos de los manzanos, sino que grandes ramas aparecÃan desgajadas, y de los doscientos árboles plantados por los «fomentadores», un buen número estaba arrancado de raÃz o hecho pedazos.
—¿Será posible que éste sea el mismo mundo de hace una hora? —preguntó Ana—. Debe haber llevado mucho más tiempo destrozarlo todo.
—Nunca se habÃa visto nada parecido en la isla del PrÃncipe Eduardo —dijo Marilla—, nunca. Recuerdo que cuando era niña hubo una tormenta terrible, pero no fue como ésta. Los daños serán horribles, estoy segura.
—Espero que ninguno de los niños estuviera al aire libre —murmuró Ana ansiosa.
Más tarde se supo que nada les habÃa ocurrido, ya que los que debÃan recorrer una gran distancia hicieron caso del excelente consejo del señor Andrews y buscaron refugio en el correo.
—Ahà viene John Henry Cárter —dijo Marilla.
John Henry venÃa sorteando el granizo con cara de susto.