Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —¿No ha sido horrible, señorita Cuthbert? El señor Harrison me manda a ver si están bien.
—Estamos todos vivos —dijo Marilla con una mueca—, y no ha caÃdo ningún rayo sobre los edificios. Espero que a ustedes les haya ido igual.
—SÃ, señora; no tan bien, señora. A nosotros nos cayó un rayo en la cocina, bajó por el desagüe, tiró la jaula de Ginger, abrió un agujero en el piso y fue a parar al sótano. SÃ, señora.
—¿Se hizo daño Ginger? —murmuró Ana.
—SÃ, señora. Bastante. Murió.
Más tarde, Ana fue a consolar al señor Harrison. Le encontró sentado junto a la mesa, acariciando el cuerpo muerto de Ginger con mano temblorosa.
—La pobre Ginger ya no le dirá inconveniencias, Ana.
La muchacha nunca se hubiera podido imaginar que llorarÃa por causa de Ginger, pero las lágrimas acudieron a sus ojos.