Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Era toda la compañÃa que tenÃa, Ana, y ahora está muerta. Bueno, soy un viejo tonto por preocuparme tanto. Sé que va a decirme algo consolador en cuanto termine de hablar. No lo haga. SerÃa capaz de echarme a llorar como un niño. ¿No ha sido una tormenta terrible? Creo que la gente ya no se volverá a reÃr de las predicciones del tÃo Abe. Parece como si todas las tormentas que se pasó profetizando sin que ocurrieran, se hubieran presentado juntas esta vez. Y acertó con la fecha. Mire qué revoltijo hizo aquÃ. Debo ir a buscar algunas maderas para arreglar el suelo.
Los habitantes de Avonlea no hicieron otra cosa al dÃa siguiente excepto visitarse y comparar los daños. Los caminos estaban intransitables para los vehÃculos, de manera que fueron a pie o a caballo. El correo llegó tarde con las noticias de toda la provincia. Rayos, gente herida y muerta; todo el sistema telegráfico y telefónico estropeado y todos los terneros que se hallaban a campo abierto, muertos.
El tÃo Abe fue a la herrerÃa temprano y pasó allà todo el dÃa. Era su hora triunfal y la gozó plenamente. SerÃamos injustos con él si dijéramos que se alegraba de que hubiera ocurrido la tormenta; pero ya que habÃa ocurrido asÃ, le alegraba que su predicción se hubiese cumplido, y en la fecha exacta. El tÃo Abe olvidó que hasta negara haber dado fecha. Y en cuanto a la ligera discrepancia en la hora, eso eran minucias.