Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Bueno, lo sabremos pronto. Me voy en seguida para allá —dijo la señora Lynde que nunca había sabido que existía en el diccionario la palabra «delicadeza»—. Se supone que yo no sé nada de su llegada y el señor Harrison tenía que traerme de Carmody una medicina para Thomas; de modo que será una buena excusa. Descubriré toda la historia y vendré a contársela en mi camino de regreso.

La señora Lynde se precipitaba hacia lo que Ana nunca se hubiera atrevido. Por nada del mundo habría ido a casa del señor Harrison; pero tenía su propio y natural caudal de curiosidad, y se sentía secretamente contenta de que la señora Lynde fuera a desentrañar el misterio. Ella y Marilla aguardaban llenas de ansiedad el regreso de la buena señora, pero esperaron en vano. La señora Lynde no volvió a «Tejas Verdes» esa noche. Davy, al regresar de casa de los Boulter, explicó la razón.

—Encontré a la señora Lynde y a una mujer extraña en la hondonada —dijo—, y había que verlas hablar al mismo tiempo. La señora Lynde me dijo que te dijera que sentía mucho que fuera tan tarde para venir esta noche. Ana, tengo muchísima hambre. Tomamos el té a las cuatro y creo que la señora Boulter es realmente tacaña. No nos dio dulces ni torta. Y hasta el pan fue escaso.


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