Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Davy, cuando se va de visita, no hay que criticar lo que se nos da de comer —dijo Ana solemnemente—. Es de muy mala educación.

—Muy bien. Sólo lo pensaré —dijo Davy alegremente—. Dale algo de comer a un pobre hombre, Ana.

Ana miró a Marilla, quien la había seguido a la despensa y cerrado la puerta cuidadosamente.

—Puedes ponerle un poco de dulce en el pan, Ana. Sé como sirven el té en casa de los Boulter.

Davy recibió su rebanada de pan con dulce con un suspiro.

—Éste es un mundo de desilusiones, después de todo —afirmó—. Milty tiene una gata que sufre ataques; desde hace tres semanas tiene uno todos los días. Milty dice que son muy divertidos. Yo fui hoy a propósito para verla, pero la desconsiderada no tuvo ninguno y se mantuvo completamente saludable aunque Milty y yo la rondamos toda la tarde. Pero no importa —Davy se iluminó a medida que comía el pan con dulce—. Quizá pueda verla algún otro día. No es probable que haya dejado de tenerlos de improviso, si ya estaba acostumbrada a ellos, ¿no es cierto? Este dulce es bárbaramente rico.

Para Davy no había penas que el dulce de ciruelas no pudiera curar.


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