Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—La señora Harrison no estaba. Fue a Carmody con la señora Lynde a comprar papel nuevo para la sala y el señor Harrison me pidió que le dijera a Ana que fuera, porque tiene que hablar con ella. Y el suelo está limpio y el señor Harrison se está afeitando, aunque ayer no hubo predicación.

Ana encontró desconocida la cocina del señor Harrison. El suelo estaba escrupulosamente limpio, lo mismo que cada uno de los muebles de la habitación; la cocina tan pulida que uno podía verse reflejado en ella; las paredes habían sido blanqueadas y los vidrios de la ventana brillaban bajo los rayos del sol. Junto a la mesa se encontraba sentado el señor Harrison con sus ropas de trabajo, que el viernes presentaban varios jirones, pero que ahora estaban cuidadosamente remendadas y lavadas. Su rostro estaba bien afeitado y había alisado cuidadosamente el poco cabello que le quedaba.

—Tome asiento, tome asiento —dijo el señor Harrison en un tono dos grados más bajo que el que usaba la gente de Avonlea en los funerales—. Emily fue a Carmody con Rachel Lynde. Ya han firmado una amistad eterna. Bueno, Ana, mi tranquilidad ha terminado, ha terminado completamente. Supongo que de hoy en adelante, sólo le espera limpieza y pulcritud a mi pobre vida.

El señor Harrison hizo lo posible por parecer pesaroso, pero el brillo de sus ojos desmentía su tono.


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