Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Señor Harrison: ¡Usted se alegra de que haya vuelto su esposa! —exclamó Ana sacudiendo su dedo ante él—. No necesita simular que no es asÃ, porque puedo verlo perfectamente.
El señor Harrison cedió con una tÃmida sonrisa.
—Bueno… Bueno… me estoy acostumbrando —concedió—. No puedo decir que siento ver a Emily. En realidad, un hombre necesita algún tipo de protección en una comunidad como ésta, donde no puede jugar a las damas con un vecino sin que se diga que quiere casarse con la hermana de éste y lo publiquen los diarios.
—Nadie habÃa supuesto que iba para ver a Isabella Andrews, si usted no hubiera pasado por soltero —dijo Ana seriamente.
—Yo no dije que lo era. Si alguno me hubiera preguntado si era casado, habrÃa contestado que sÃ. Pero dieron las cosas por sentadas. Yo no tenÃa muchas ganas de hablar del asunto… me resultaba muy penoso. La señora Lynde hubiese tenido de qué hablar de haberse sabido que mi esposa me habÃa dejado, ¿no es cierto?
—Pero hay quien dice que usted la dejó a ella.