Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Antes de venir a Avonlea, Ana, yo vivía en Scottsford, Nueva Brunswick. Mi hermana atendía mi casa y lo hacía muy bien; era razonablemente limpia y me dejaba solo y me malcriaba como dice Emily. Pero murió hace tres años. Antes de morir se preocupaba muchísimo sobre mi futuro y me hizo prometerle que me casaría. Me aconsejó que lo hiciera con Emily Scott, porque tenía dinero y era una perfecta ama de casa. Yo dije: «Emily Scott no querrá», y mi hermana contestó: «Pregúntale y verás», y sólo por tranquilizarla, le dije que lo haría… y lo hice. Y Emily dijo que me aceptaba. Nunca me sorprendí más en mi vida, Ana; una inteligente y linda mujercita como ella y un viejo como yo. Le aseguro que al principio creí que tenía suerte. Bueno, nos casamos, estuvimos quince días en St. John, en viaje de bodas, y luego fuimos a casa. Llegamos a las diez y le doy mi palabra, Ana, de que a la media hora esa mujer estaba limpiando la casa. ¡Oh!, sé que está pensando que mi casa lo necesitaría. Tiene usted un rostro muy expresivo, Ana; sus pensamientos se reflejan en él… pero la verdad es que no estaba tan sucia. Admito que todo estaba muy revuelto mientras era soltero, pero antes de casarme había contratado una mujer para hacer la limpieza, y hecho reparar y pintar varias cosas. Le aseguro que si llevara a Emily a un flamante palacio de mármol blanco, se pondría a fregar en cuanto vistiera un traje viejo. Bueno, estuvo limpiando la casa hasta la una y a las cuatro se levantó y comenzó otra vez. Así continuó, hasta que comprendí que nunca terminaría. Se pasaba el tiempo barriendo, limpiando y fregándolo todo, con excepción de los domingos, día que pasaba suspirando por que llegara el lunes, para volver a empezar. Ésa era su manera de divertirse y yo mismo podía haberme reconciliado con ella si me hubiera dejado en paz. Pero no lo hizo. Había decidido hacerme cambiar, pero yo ya no era joven. No me permitía entrar a la casa a menos que me cambiara los zapatos por chinelas en la puerta. No podía fumar mi pipa por nada del mundo, a no ser que fuera al establo. Y mi lenguaje no era lo suficientemente correcto. Emily fue maestra de escuela en su juventud y nunca lo olvidó. Luego, odiaba verme comer con el cuchillo. Bueno, así era todo. Pero para ser sincero, Ana, supongo que yo era algo pendenciero. No traté de mejorar tal como podría haberlo hecho. Simplemente, me ponía de mal humor y descortés cuando ella me hacía ver mis faltas. Un día le dije que no se había quejado de mi lenguaje cuando le propuse matrimonio. Esto no es algo muy correcto. Una mujer le perdonaría a un hombre que le pegara, pero no que creyera que ella estaba loca por atraparlo. Bueno, nuestros altercados continuaron y no era muy agradable vivir así, pero hubiéramos terminado por habituarnos uno al otro de no ser por Ginger. Ginger fue la gota que colmó el vaso. A Emily no le gustaban las cotorras y no podía soportar el profano modo de hablar de Ginger. Yo tenía cariño al bicho en recuerdo de mi hermano el marino. Éste era mi favorito cuando éramos pequeños, y me envió a Ginger cuando se estaba muriendo. Yo no veía que tuviera ningún sentido el preocuparse tanto por su modo de jurar. No hay nada que odie más que eso en una persona, pero en una cotorra, que todo lo que hace es repetir lo que oye sin entenderlo más que lo que yo entendería el chino, puede perdonarse. Pero Emily no podía comprenderlo así. Las mujeres no tienen lógica. Se empeñaba en que Ginger dejara de jurar, obteniendo el mismo éxito que cuando trataba de que yo no dijera «ya sé» y «lo que». Parecía que cuanto más se afanaba, peor lo hacía Ginger, y también yo.


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