Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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»Bueno, así continuaron las cosas, irritándose cada vez más hasta que llegó la culminación. Emily invitó a tomar el té a nuestro ministro y a su esposa y a otro ministro con su esposa que estaban visitándolos. Prometí poner a Ginger en lugar seguro donde nadie pudiera oírla. Emily no tocaba su jaula ni con una vara de tres metros de largo. Y yo tenía intenciones de hacerlo, porque no quería que los ministros oyeran cosas inconvenientes en mi casa. Pero me olvidé. Emily me enloqueció con sus recomendaciones sobre cuellos limpios y lenguaje y ni me acordé del pobre pájaro hasta que nos sentamos a tomar el té. Justo en el instante en que el ministro número uno bendecía la mesa, Ginger, que se hallaba en la galería a la que daba la ventana del comedor, dejó oír su voz. Había visto un pavo en el corral, y la visión de un pavo siempre tuvo mal efecto sobre Ginger. Y aquella vez se superó. Puede sonreír, Ana, y no voy a negarle que yo mismo lo he hecho varias veces desde entonces, pero en aquel momento me sentí casi tan mortificado como Emily. Salí y llevé a Ginger al granero. No puedo decir que disfrutara de aquella comida. Por la expresión de Emily, sabía que se avecinaban grandes trastornos para Ginger y para James A. Cuando las visitas se fueron, salí para el campo de pastoreo y en el camino medité algo. Sentía pena por Emily y sospechaba que no había pensado en ella tanto como debía, y además, cavilaba si los ministros pensarían que Ginger había aprendido de su vocabulario. Tal como estaban las cosas, decidí que Ginger tendría que ser misericordiosamente puesta a un lado y cuando llegué a casa entré a decírselo a Emily. Emily no estaba, pero había una carta sobre la mesa… igual que en las novelas. Emily decía que yo debía elegir entre ella y Ginger; que regresaba a su propia casa y que allí estaría hasta que yo fuera a decirle que me había deshecho de la cotorra. Me enfurecí, Ana, y dije que podía quedarse esperando hasta el día del juicio; y persistí en ello. Embalé sus pertenencias y se las envié. Eso dio lugar a muchísimas habladurías. Scottsford es casi tan malo como Avonlea a ese respecto, y todos se solidarizaron con Emily. Esto me hizo enfurecer y comprendí que si no me iba de allí, nunca podría vivir en paz. Terminé por venirme a la isla. Había estado aquí cuando niño y me gustaba; pero Emily siempre había dicho que nunca viviría en un lugar donde la gente tuviera miedo de pasear después del crepúsculo por temor de caerse de la orilla. De manera que, por llevarle la contraria, me mudé aquí. Y eso es todo. No había tenido noticias de Emily hasta el sábado, cuando al volver de mis campos la encontré fregando el suelo y hallé sobre la mesa la primera comida decente que probara desde que me dejó. Me dijo que primero comiera y que después hablaríamos, por lo que comprendí que Emily había aprendido algunas cosas respecto al modo de tratar a los hombres. De manera que aquí está y aquí se quedará al ver que no está Ginger y que la isla es algo más grande de lo que pensaba. Ahí llega con la señora Lynde. No, no se vaya, Ana. Quédese y conozca a Emily. Ya se vieron el sábado. Emily quería saber quién era la linda joven de cabellos rojos de la casa vecina.


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