Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea La señora Harrison dio a Ana una radiante bienvenida e insistió en que se quedara a tomar el té.
—James A. me lo ha estado contando todo sobre usted y lo buena que habÃa sido al hacerle tortas y otras cosas. Quiero hacer amistad con todos mis nuevos vecinos lo antes posible. La señora Lynde es una mujer encantadora, ¿no es cierto? Muy amable.
Cuando Ana regresó a su casa en medio del dulce crepúsculo de junio, la señora Harrison la acompañó a través de los campos donde las luciérnagas encendÃan sus lamparitas.
—Supongo que James A. le ha contado nuestra historia, Ana —dijo confidencialmente.
—SÃ.
—Entonces no necesito hacerlo yo, pues James A. es todo un hombre y siempre dice la verdad. La culpa está lejos de ser toda suya. Ahora puedo verlo. No llevaba una hora en casa de mamá cuando lamentaba mi apresuramiento. Ahora comprendo que esperaba demasiado de un hombre. Y era realmente tonta al darle importancia a su vocabulario. No importa que un hombre tenga mal vocabulario mientras sea buen trabajador y no ande rondando por la despensa para ver cuánto azúcar se ha gastado en la semana. Siento que James A. y yo seremos muy felices ahora. Quisiera saber quién es «Observador» para poder darle las gracias. Tengo con él una gran deuda de gratitud.