Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Ana guardó su secreto y la señora Harrison nunca supo que su gratitud había llegado a su destino. Ana pensó que había algo de magia en las consecuencias de esas tontas «notas». Reconciliaron a un hombre con su mujer y dieron reputación a un profeta.
La señora Lynde estaba en la cocina de «Tejas Verdes». Le había estado contando toda la historia a Marilla.
—Bueno, ¿te ha gustado la señora Harrison? —le preguntó a Ana.
—Mucho. Creo que es realmente una espléndida mujercita.
—Exactamente —dijo la señora Rachel con énfasis—. Y como acabo de decirle a Marilla, creo que por ella todos debemos olvidar las rarezas del señor Harrison y tratar de hacerla sentir cómoda, eso es. Bueno, debo irme; Thomas me estará reclamando. Salgo un poco desde que vino Eliza, y creo que estos últimos días está mucho mejor, pero no me gusta estar mucho tiempo lejos de él. He oído que Gilbert Blythe ha renunciado a la escuela de White Sands. Asistirá a la universidad en otoño, supongo —la señora Rachel observó a Ana, pero ésta se hallaba inclinada sobre Davy, quien se había amodorrado en el sillón, y nada podía leerse en su rostro.