Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—¡Bendito sea Dios! ¿A qué viene esta insignificante pelirroja? —Sería difícil determinar qué rostro estaba más rojo, si el del señor Harrison o el de Ana.

—No haga caso de la cotorra —dijo el señor Harrison, echándole una furiosa mirada a Ginger—. Está… está siempre diciendo tonterías. Me la dio mi hermano, que era marino. Los marinos no suelen usar un lenguaje muy fino y las cotorras son pájaros que todo lo imitan.

—Es lo que pensé —dijo la pobre Ana, sofocando su resentimiento con el recuerdo de su diligencia. No podía permitirse el tratar airadamente al señor Harrison dadas las circunstancias. Cuando se ha vendido la vaca de un hombre sin que éste lo sepa ni haya dado su consentimiento, no se puede tener en cuenta el que su cotorra repita cosas poco halagüeñas. De todos modos, «la insignificante pelirroja» no se encontraba todo lo humilde que hubiera sido de desear.

—He venido a confesarle algo, señor Harrison —dijo resueltamente—. Es… es sobre… la vaca Jersey.

—¡Bendito sea Dios! —exclamó el señor Harrison nervioso—, ¿otra vez ha entrado a pisotear mi avena? Bueno, no tiene importancia… no importa si lo ha hecho. No tiene importancia… en absoluto. Yo… Y yo estuve muy brusco ayer. No importa si lo ha hecho.


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