Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Oh, si sólo fuera eso —suspiró Ana—. Pero es diez veces peor. Yo no…

—¡Bendito sea Dios! ¿Quiere decir que se ha metido en mi trigo?

—No… no… en el trigo no. Pero…

—¡Entonces, en los repollos! ¿Se ha metido entre los repollos que estaba cultivando para la exposición, eh?

—No tienen nada que ver los repollos, señor Harrison. Se lo contaré todo… a eso he venido; pero, por favor, no me interrumpa. Me pone nerviosa. Déjeme hablar y no diga nada hasta que haya terminado; y no hay duda de que entonces sí que hablará —concluyó Ana, diciendo esto último para sus adentros.

—No diré ni una palabra —dijo el señor Harrison, y así lo hizo. Pero Ginger no había prometido nada y seguía gritando a intervalos «Pelirroja insignificante», hasta que Ana terminó por enfurecerse.



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