Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Ayer encerré a mi vaca Jersey en nuestro establo. Esta mañana fui a Carmody y cuando regresaba, vi una Jersey entre su avena. Diana y yo la perseguimos y no puede imaginarse el trabajo que nos dio. Yo estaba terriblemente mojada y cansada, y en ese momento apareció el señor Shearer y me ofreció comprar la vaca. En un instante se la vendí por veinte dólares. Éste fue mi error. Debí haber esperado y consultado a Marilla. Pero tengo una terrible predisposición para hacer las cosas sin pensarlas; cualquiera que me conozca puede atestiguarlo. El señor Shearer se llevó la vaca en seguida para despacharla en el tren de la tarde.
—¡Pelirroja insignificante! —chilló Ginger en tono de profundo desprecio.
Al llegar a este punto, el señor Harrison se levantó y, con una expresión que hubiera llenado de terror a cualquier pájaro que no fuera una cotorra, se llevó la jaula de Ginger a una habitación contigua y cerró la puerta. Ginger gritó, juró e hizo otras cosas más de acuerdo con su reputación, pero al final, al ver que la habían dejado sola, cayó en un triste silencio.
—Discúlpeme y continúe —dijo el señor Harrison tomando asiento nuevamente—. Mi hermano el marinero nunca le enseñó educación a ese pájaro.