Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Llegué a casa y después del té fui al establo, señor Harrison. —Ana se inclinó hacia delante, juntó las manos con su viejo gesto de la infancia mientras sus grandes ojos grises se clavaban implorantes en el turbado rostro del señor Harrison—. Encontré mi vaca encerrada en el establo. Era su vaca la que habÃa vendido al señor Shearer.
—¡Bendito sea Dios! —exclamó el señor Harrison, pasmado ante este desenlace—. ¡Qué cosa tan extraordinaria!
—Oh, no es extraordinario en lo más mÃnimo que yo me meta en enredos y traiga siempre dificultades a la gente —dijo Ana tristemente—, me distingo por eso. A usted puede parecerle que ya estoy demasiado crecida para ello. Cumpliré diecisiete años en marzo… pero parece que no fuera asÃ, señor Harrison: ¿serÃa demasiado esperar que usted me perdonara? Me temo que sea demasiado tarde para traerle la vaca de vuelta, pero aquà está el dinero que me dieron por ella… o puede quedarse con la mÃa si lo prefiere. Es una vaca muy buena. No puedo decirle cuánto lamento todo esto.