Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Bueno, bueno —dijo el señor Harrison vivamente—. Ni una palabra más sobre el asunto, señorita. No tiene importancia… ninguna importancia. Se trata de un accidente. Yo también soy a veces muy precipitado, señorita; demasiado precipitado. Pero no puedo evitar el decir todo lo que pienso, y la gente tiene que aceptarme como soy. Ahora que si esa vaca hubiera estado entre mis repollos… Pero no importa, no lo hizo y todo está bien. Creo que más bien me quedaré con su vaca, ya que quiere usted desembarazarse de ella.
—Oh, gracias, señor Harrison. Estoy tan contenta de que no esté ofendido. TemÃa que se enfadara.
—Y supongo que tendrÃa un miedo terrible de venir aquà a contármelo después del alboroto que armé ayer, ¿eh? Pero no debe hacerme caso. Soy un viejo gruñón; eso es todo… Siempre listo para decir la verdad, sin importarme que sea un poco cruda.
—Como la señora Lynde —dijo Ana antes de que pudiera evitarlo.
—¿Quién? ¿La señora Lynde? No me diga que me parezco a esa vieja chismosa —dijo el señor Harrison irritado—. No me parezco… ni un poquito. ¿Qué trae en esa caja?
—Una tarta —exclamó Ana jocosamente. En su alivio ante la inesperada amabilidad del señor Harrison, su humor se remontó—. La traje para usted… pensé que no comerÃa tarta muy a menudo.