Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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Al día siguiente del funeral de Thomas Lynde, Marilla recorría «Tejas Verdes» con aire extrañamente preocupado. Ocasionalmente miraba a Ana, parecía a punto de decir algo, sacudía la cabeza y apretaba los labios. Después del té, fue a ver a la señora Lynde y a su regreso subió a la buhardilla, donde Ana se hallaba corrigiendo los ejercicios escolares.

—¿Cómo se encuentra esta noche la señora Lynde? —preguntó Ana.

—Se siente más tranquila —respondió Marilla, sentándose en la cama de Ana, procedimiento que anunciaba alguna excitación mental, pues para el código de ética casera de Marilla sentarse en una cama después de hecha era una ofensa imperdonable—. Pero está muy sola. Eliza tuvo que volver hoy a casa; su hijo no está bien y no podía quedarse.

—Cuando termine estos ejercicios, iré a charlar un rato con ella —dijo Ana—. Tenía pensado estudiar un poco de composición latina esta noche, pero eso puede esperar.

—Supongo que Gilbert irá a la universidad este otoño —dijo Marilla de pronto—. ¿Te gustaría ir, Ana? La muchacha la miró sorprendida.

—Desde luego que sí, Marilla. Pero no es posible.


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