Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Sospecho que puede serlo. Siempre he creÃdo que debes ir. Nunca me sentà contenta de que abandonaras todo por mÃ.
—Pero, Marilla, si nunca he lamentado quedarme aquÃ. He sido tan feliz. Oh, estos últimos dos años han sido deliciosos.
—SÃ, sé que estás contenta. Pero ése no es el problema. Debes continuar tu educación. Has ahorrado bastante para ir un año a Redmond y el producto del legado será suficiente para otro. Y hay becas que puedes ganar.
—SÃ, pero no puedo ir, Marilla. Sus ojos están mejor, desde luego, pero no puedo dejarla sola con los mellizos. Necesitan que se les cuide.