Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Bueno, creo que pueden arreglarse las cosas para que Rachel y yo no choquemos. Siempre me pareció que la razón de que dos mujeres no se lleven bien en la misma casa es que tratan de compartir la misma cocina y se ponen una en el camino de la otra. Ahora bien: si Rachel viniera aquÃ, tendrÃa la buhardilla que da al norte como dormitorio y el cuarto de huéspedes como cocina, porque no necesitamos esa habitación para nada. PodrÃa poner allà su cocina y todos los muebles que quisiera y vivir cómoda e independientemente. Tendrá bastante con qué vivir. Sus hijos se encargarán de eso, desde luego, de manera que todo cuanto le daré será habitación. SÃ, Ana, en lo que a mà respecta, me gusta.
—Entonces, pregúnteselo —dijo Ana con presteza—. Yo también me entristecerÃa si la señora Lynde se fuera.
—Y si viene —continuó Marilla—, puedes ir a clase. Me acompañará y puede hacer por los mellizos tanto como yo, de modo que no hay motivo para que te quedes.