Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —La querida Jane es una joya —asintió Ana—, pero —añadió inclinándose para dar un tierno golpe en la gordezuela mano que colgaba sobre su almohada— no hay nadie como mi Diana. ¿Recuerdas aquella noche cuando nos encontramos por vez primera y nos juramos amistad eterna en el jardÃn? Me parece que hemos guardado el juramento. No hemos tenido nunca una rencilla, ni siquiera un alejamiento. Nunca olvidaré el estremecimiento que tuve el dÃa que me dijiste que me querÃas. HabÃa tenido un corazón tan solitario y hambriento de cariño durante toda mi niñez. Ahora estoy comenzando a comprender cuán solitaria y hambrienta estaba. Nadie se preocupaba por mà ni querÃa que se le molestara por mi causa. Hubiera sido muy desgraciada a no ser por esa extraña vida interior mÃa, donde imaginaba todo el amor y los amigos de que no disponÃa. Pero cuando vine a «Tejas Verdes», todo cambió. Y entonces, te encontré. No sabes cuánto significó tu amistad para mÃ. Quiero agradecerte en este momento todo el cariño sincero que me has dado siempre.
—Y siempre te lo daré —sollozó Diana—. Nunca querré a nadie, a ninguna muchacha… ni la mitad de lo que te quiero a ti. Y si me caso alguna vez y tengo una hija, la llamaré Ana.