Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Me… me parece que las gallinas andan sueltas —dijo Marilla incorporándose y saliendo apresuradamente. Pero cuando llegó al corral ni las miró. En cambio se sentó y rió hasta que se avergonzó de sí misma.

Cuando Ana y Paul llegaron a la casa de piedra, encontraron a la señorita Lavendar y a Charlotta IV en el jardín, arrancando hierbas, rastrillando y podando con todas sus ganas. La señorita Lavendar, alegre y hermosa con los volantes y cintas que tanto amaba, arrojó sus tijeras y corrió jubilosamente al encuentro de sus huéspedes, mientras Charlotta sonreía con alegría.

—Bienvenida, Ana. Suponía que vendría hoy. Usted pertenece a la tarde, de modo que ésta tenía que traerla. Las cosas que se pertenecen siempre llegan juntas. ¡Cuántas molestias se evitarían algunas gentes con sólo saberlo! Pero no lo saben… y pierden sus energías removiendo cielo y tierra tratando de reunir cosas que no se pertenecen. ¡Y tú, Paul… vaya, has crecido! Estás media cabeza más alto que la última vez que viniste a verme.




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