Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —SÃ, he comenzado a crecer como los hongos, como dice la señora Lynde —dijo Paul francamente encantado del hecho—. Abuelita dice que es el potaje que por fin hace efecto. Quizá, Dios lo sabe —suspiró Paul profundamente—. He comido el suficiente para hacer crecer a cualquiera. Espero que ahora que he empezado, continúe hasta ser tan alto como mi padre. ¿Sabe, señorita Lavendar? Mide metro ochenta.
SÃ; la señorita Lavendar lo sabÃa. Por un instante brilló el rubor en sus mejillas. Tomó a Paul con una mano y a Ana con la otra y caminó hacia la casa en silencio.
—¿Es hoy un buen dÃa para el eco, señorita Lavendar? —dijo Paul ansiosamente. El dÃa de su primera visita habÃa demasiado viento y Paul se sintió muy desilusionado.
—SÃ, realmente especial —respondió la señorita Lavendar despertando de su arrobamiento—. Pero primero entraremos a comer algo. Sé que tendréis hambre después de caminar tanto. Y Charlotta IV y yo podemos comer a cualquier hora del dÃa. Tenemos un apetito muy caprichoso. De manera que haremos una excursión hasta la despensa. Afortunadamente es encantadora y está repleta. Hoy tuve el presentimiento de que iba a tener compañÃa y Charlotta IV y yo hemos preparado algo.