Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Creo que usted es de las personas que siempre tienen cosas ricas en la despensa —dijo Paul—. Abuelita también es asÃ. Pero no aprueba los bocados entre comidas. No sé —agregó dubitativamente— si debo comerlos fuera de casa sabiendo que ella no lo aprueba.
—No creo que no lo aprobara después de todo lo que has andado. Eso cambia las cosas —dijo la señorita Lavendar cambiando divertidas miradas con Ana por encima de la rizada cabeza castaña de Paul—. Supongo que los bocados son muy malos. Ésa es la razón por la que los comemos tan a menudo en «La Morada del Eco». Nosotras, Charlotta IV y yo, vivimos en oposición a todas las dietas establecidas. Comemos toda clase de cosas indigestas a cualquier hora que se nos ocurra, del dÃa o de la noche, y florecemos como verdes laureles. Siempre tenemos intenciones de reformarnos. Cuando leemos algún artÃculo de un periódico que previene contra algo que nos gusta, lo recortamos y lo clavamos en la pared de la cocina para recordarlo. Pero nunca lo conseguimos hasta después de haber comido eso precisamente. Hasta ahora nada nos ha matado; pero Charlotta IV tiene pesadillas cuando comemos buñuelos, pastel de carne y torta de frutas antes de acostarnos.