Ana, la de Avonlea

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—Mi abuela me deja tomar un vaso de leche y comer un trozo de pan con mantequilla antes de irme a la cama, y los domingos por la noche añade un poco de dulce sobre el pan —dijo Paul—. De modo que siempre me alegra que sea domingo por la noche, por más de una razón. El domingo es un día muy largo en el camino de la playa. Abuelita dice que para ella es demasiado corto y que papá nunca lo encontró aburrido cuando era niño. No me resultaría tan largo si pudiera hablar con la gente de las rocas, pero nunca lo hago porque abuelita no lo aprueba en domingo. Pienso mucho; pero temo que mis pensamientos sean mundanos. Abuelita dice que los domingos sólo deben tenerse pensamientos religiosos. Pero aquí la señorita dijo una vez que todas las ideas hermosas son religiosas, no importa sobre qué tema ni en qué día los pensemos. Pero estoy seguro de que los únicos pensamientos religiosos que admite mi abuela son los referentes a los sermones o a la Escuela Dominical y cuando surge una diferencia de opinión entre la abuelita y mi maestra, no sé qué hacer. En el fondo de mi corazón —Paul alzó sus serios ojos azules hasta el benévolo rostro de la señorita Lavendar— estoy de acuerdo con mi maestra. Pero sucede que abuelita ha criado a papá a su manera, consiguiendo un éxito rotundo, y la señorita todavía no ha criado a nadie, aunque está ayudando a educar a Davy y Dora. Pero no se sabrá el resultado hasta que sean grandes. De modo que a veces pienso que es más seguro seguir el método de mi abuelita.


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