Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Creo que sà —asintió Ana solemnemente—. De cualquier modo, yo dirÃa que si tu abuelita y yo nos explicáramos mutuamente lo que queremos decir, encontrarÃamos que es la misma cosa, expresada de distintas formas. Será mejor que actúes como ella dice, dado que es el resultado de la experiencia. Debemos esperar a que crezcan los mellizos para poder asegurar que mi método es igualmente bueno.
Después de comer volvieron al jardÃn, donde Paul trabó conocimiento con el eco, para su contento y asombro, mientras Ana y la señorita Lavendar se sentaron a conversar en el banco de piedra debajo del álamo.
—¿De modo que se irá para el otoño, Ana? —dijo la señorita Lavendar pensativamente—. DeberÃa alegrarme por usted, pero estoy terrible, desesperadamente triste. La extrañaré muchÃsimo. A veces pienso que no vale la pena hacer amigos. Se van de nuestra vida después de un tiempo y dejan una herida mucho más dolorosa que la soledad anterior a ellos.
—Eso es algo que podrÃa haber dicho la señorita Eliza Andrews, pero nunca la señorita Lavendar —dijo Ana—. Nada es peor que la soledad y yo no me voy de su vida. Están las cartas y las vacaciones. Querida, la noto pálida y cansada.