Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Hoo… hoo… ho… —gritaba Paul en el malecón donde habÃa estado haciendo toda clase de ruidos, no todos melodiosos, pero que volvÃan trasmutados en oro y plata por los hados alquimistas del rÃo.
La señorita Lavendar hizo un impaciente movimiento con sus bonitas manos.
—Oh, estoy cansada de todo, hasta de los ecos. No hay nada más que ecos en mi vida, ecos de sueños e ilusiones perdidas. Son hermosos y burlones. Ana, es horrible que hable asà cuando estoy acompañada. Es simplemente que me estoy volviendo vieja y no me gusta. Sé que seré una lunática cuando tenga sesenta años. Pero quizá todo lo que necesite es una medicina.
En aquel momento Charlotta IV, que habÃa desaparecido después de la comida, volvió anunciando que el rincón nordeste del campo del señor Kimball estaba rojo de tempranas fresas y preguntó si la señorita Shirley querrÃa recoger algunas.
—¡Fresas para el té! —exclamó la señorita Lavendar—: ¡Oh, no estoy tan vieja como creÃa, y no necesito ni una sola medicina! Chicas, cuando regreséis con las fresas, tomaremos el té aquÃ, debajo del álamo. Lo tendré preparado con crema casera.
Ana y Charlotta IV fueron hacia el campo del señor Kimball, un lugar apartado y verde donde el aire era suave como terciopelo, fragante como un lecho de violetas y dorado como el ámbar.