Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—¿No es esto dulce y fresco? —aspiró Ana—. Me siento como si estuviera bebiendo de un rayo de sol.

—Sí señora, yo también. Así es exactamente como me siento yo, señora —asintió Charlotta IV, que hubiera dicho exactamente lo mismo de haber afirmado Ana que se sentía como un pelícano del desierto. Siempre después de las visitas de Ana a «La Morada del Eco», Charlotta IV subía a su cuartito y, delante del espejo, trataba de hablar y actuar como ella. Charlotta nunca pudo admitir que lo conseguía, pero había aprendido en la escuela que la perseverancia conducía al triunfo; y tenía esperanzas de que, con el tiempo, podría descubrir el misterio de aquella exquisita barbilla levantada, el repentino brillo de los ojos, el modo de andar como si fuera una rama mecida por el viento. Parecía tan fácil en Ana. Charlotta IV la admiraba de todo corazón. No era que la considerara muy hermosa. La belleza de Diana Barry con sus mejillas carmesí y sus negros bucles, era mucho más del gusto de Charlotta que el claro encanto de Ana, con sus luminosos ojos grises y las pálidas rosas de sus mejillas.

—Pero preferiría ser como usted a ser hermosa —le dijo a Ana sinceramente.


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