Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Ana rió, degustando la miel del piropo y apartando el aguijón. Estaba acostumbrada a que le dijeran cumplidos mixtos. La opinión pública no estaba de acuerdo sobre su apariencia. Gente que había oído decir que era bonita, la conocía y se desilusionaba. Gente que había oído decir que no valía nada, la veía y pensaba dónde tenían los demás los ojos. La misma Ana nunca se había creído hermosa. Cuando se miraba al espejo, todo lo que veía era un pálido rostro con siete pecas sobre la nariz. Su espejo no le revelaba la fugaz y siempre cambiante gama de sentimientos que iluminaba sus facciones como una rosada llama, o el encanto de risas o sueños que alternaban en sus grandes ojos.
Aunque Ana no era hermosa en el sentido estricto de la palabra, poseía cierto encanto y distinción que dejaba en quien la contemplaba un sentido placentero causado por su suave feminidad. Aquellos que conocían a Ana, sentían sin darse cuenta que su mayor atracción consistía en el aire de posibilidades que la rodeaba, en el poder del desarrollo futuro que había en ella. Parecía andar en una atmósfera de cosas por ocurrir.
Mientras recogían las fresas, Charlotta IV le confío sus temores respecto a la señorita Lavendar. La pequeña y ferviente doncella estaba verdaderamente preocupada por su adorada ama.