Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —La señorita Lavendar no está bien, señorita Shirley, señora. Estoy segura, aunque nunca se queja. Hace un tiempo que no parece la misma, desde el día que usted y Paul vinieron por primera vez. Estoy segura de que aquella noche cogió frío, señora. Después de que ustedes se fueron, caminó por el jardín hasta que se hizo de noche con sólo un chal sobre las espaldas. Había un montón de nieve por los senderos y estoy segura de que cogió frío. Desde entonces he notado que parece cansada y triste. No parece interesarse en nada, señora. No quiere que venga nadie, ni se arregla, ni nada, señora. Sólo cuando viene usted parece animarse un poco. Y la peor señal, señorita Shirley, señora —Charlotta IV bajó la voz como si fuera a referirse a un síntoma terrible— es que ahora nunca se enfada cuando rompo algo. Porque ayer, señorita Shirley, señora, rompí el jarrón verde y amarillo que estaba encima de la biblioteca. Su abuela lo había traído de Inglaterra y la señorita Lavendar lo tenía en gran estima. Lo estaba limpiando con todo cuidado, señorita Shirley, señora, y se me resbaló antes de que pudiera sostenerlo, rompiéndose en cuarenta millones de pedazos. Le aseguro que estaba triste y asustada. Pensé que la señorita Lavendar me iba a reprender severamente, señora; y hubiera preferido que lo hubiera hecho antes de que hiciera lo que hizo. Simplemente vino, apenas lo miró y dijo: «No importa, Charlotta. Recoge los trozos y tíralos». Sólo eso, señorita Shirley, señora… «recoge los trozos y tíralos», como si no fuera el jarrón de Inglaterra de su abuela. ¡Oh!, no está bien, y estoy terriblemente preocupada. No tiene a nadie que la cuide más que a mí.