Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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Los ojos de Charlotta IV estaban llenos de lágrimas. Ana golpeó suavemente su morena mano.

—Creo que la señorita Lavendar necesita un cambio, Charlotta. Aquí está demasiado sola. ¿No podríamos convencerla de que hiciera un pequeño viaje?

Charlotta sacudió desconsoladamente la cabeza.

—No lo creo, señorita Shirley, señora. La señorita Lavendar odia las visitas. Sólo tiene tres parientes a quienes va a ver de vez en cuando y dice que lo hace por un deber de familia. La última vez que fue, al regresar a casa, dijo que no volvería a cumplir más con su deber de familia. «He vuelto a casa enamorada de la soledad, Charlotta», me dijo, «y no quiero apartarme nunca más de ella. Mis parientes se empeñan en hacer de mí una anciana; no me gusta nada». Exactamente así, señorita Shirley, señora, «no me gusta nada». De manera que no creo que ganemos nada con presionarla para que vaya de visita.

—Veremos qué puede hacerse —dijo Ana decididamente, mientras ponía la última fresa en su cubo rosado.

—En cuanto tenga mis vacaciones, vendré a pasar una semana entera aquí. Saldremos de excursión todos los días e imaginaremos toda clase de cosas interesantes, y veremos si logramos levantar el ánimo de la señorita Lavendar.


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