Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Eso será lo mejor, señorita Shirley —exclamó Charlotta IV encantada. Estaba contenta por la señorita Lavendar y por sí misma. Con toda una semana para estudiar a Ana constantemente, con seguridad que podría aprender a moverse y comportarse como ella.

Cuando las jóvenes regresaron a «La Morada del Eco» se encontraron con que la señorita Lavendar y Paul habían llevado al jardín la pequeña mesa cuadrada de la cocina y tenían todo listo para el té. Nada podía ser más sabroso que aquellas deliciosas fresas con crema, saboreadas bajo un gran cielo azul salpicado de tenues y pequeñas nubes blancas y a la sombra de los bosques con sus balbuceos y murmullos. Después del té, Ana ayudó a Charlotta a lavar los platos mientras la señorita Lavendar escuchaba el relato de Paul sobre la gente de las rocas, sentados ambos en el banco de piedra. La dulce señorita Lavendar era una oyente atenta, pero al fin Paul se dio cuenta de que había perdido interés en sus Mellizos Marineros.

—Señorita Lavendar, ¿por qué me mira así? —preguntó gravemente.

—¿Cómo, Paul?

—Como si en mí estuviera viendo a alguien que le recuerdo —dijo Paul, que en ocasiones podía ver tan adentro que era inútil tener secretos estando él cerca.


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