Ana, la de Avonlea

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—Tú me recuerdas a alguien a quien conocí hace mucho tiempo —dijo la señorita Lavendar soñadoramente.

—¿Cuando era joven?

—Sí, cuando era joven. ¿Te parezco muy vieja, Paul?

—¿Sabe? No puedo decirlo —dijo Paul confidencialmente—. Su cabello parece viejo… nunca conocí a una persona joven que tuviera el cabello blanco. Pero cuando ríe, sus ojos son jóvenes como los de mi hermosa maestra. Le diré, señorita Lavendar… —la voz y el rostro de Paul eran tan solemnes como los de un juez— creo que usted sería una espléndida mamá. Tiene en sus ojos la mirada precisa, la que siempre tenía mi madre. Pienso que es una pena que no tenga hijos.

—Tengo un niño en sueños, Paul.

—¿Es cierto? ¿Cuántos años tiene?

—Más o menos tu edad, supongo. Debería ser mayor porque sueño con él desde mucho antes de que tú nacieras. Pero nunca le dejaré tener más de once o doce años; porque si lo hiciera, algún día crecería y entonces lo perdería.


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