Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Ya lo sé —asintió Paul—. Ésa es la hermosura de las personas de los sueños. Se quedan en la edad que uno quiere. Usted, mi querida maestra y yo mismo, son las únicas personas que conozco en el mundo que tienen amigos sólo en sus fantasías. ¿No es gracioso que nos hayamos encontrado? Pero creo que esta clase de gente siempre se reúne. Abuelita nunca tiene fantasías y Mary Joe cree que estoy mal de la cabeza porque las tengo. Pero creo que es maravilloso. Usted lo sabe, señorita Lavendar. Cuéntemelo todo sobre su niñito de los sueños.

—Tiene ojos azules y cabello rizado. Entra a hurtadillas y me despierta todas las mañanas con un beso. Luego juega en el jardín durante todo el día y yo le acompaño. Sabemos muchos juegos. Hacemos carreras, hablamos con el eco y yo le narro cuentos. Y luego llega el crepúsculo…

—Ya sé —interrumpió Paul ansiosamente—. Viene y se sienta a su lado… así… porque naturalmente a los doce años es muy grande para subirse a su falda… y recuesta su cabeza sobre su hombro… así… y usted lo rodea con sus brazos fuerte, muy fuerte, y apoya su mejilla en sus cabellos… así… eso es lo que sucede, señorita Lavendar. Oh, usted sí lo sabe.

Así los halló Ana al salir de la casa de piedra y algo en el rostro de la señorita Lavendar le hizo sentirse a disgusto por molestarlos.


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