Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —Bueno, no sé —la señora Andrews estaba determinada a no estar completamente de acuerdo con nadie ese dÃa—. No veo que Ana necesite más educación. Probablemente se case con Gilbert Blythe, si a éste le dura el entusiasmo hasta después de terminar sus estudios, y, ¿de qué le servirán entonces el griego y el latÃn? Si allà pudiera aprender cómo manejar a un hombre, entonces tendrÃa sentido que se fuera.
Según murmuraciones que corrÃan por Avonlea, la señora Andrews nunca habÃa aprendido a manejar a su «hombre» y, como resultado, el hogar de los Andrews no era exactamente un modelo de felicidad doméstica.
—He visto que la citación de Charlottatown para el señor Alian estaba en el presbiterio —dijo la señora Bell—. Eso significa que pronto le perderemos.
—No se irán antes de septiembre —comentó la señora Sloane—. Será una gran pérdida para la comunidad, aunque siempre me pareció que la señora Alian se vestÃa demasiado alegremente para ser la esposa de un pastor. Pero ninguno de nosotros es perfecto. ¿Se han dado cuenta cuán pulcro parecÃa el señor Harrison? Nunca vi un hombre tan cambiado. Va a misa todos los domingos y contribuye al pago del sueldo del pastor.
—Paul Irving se ha hecho un muchachito —dijo la señora Andrews—. Era tan pequeño para su edad cuando vino aquÃ. Hoy casi no le reconocÃ. Está empezando a parecerse a su padre.