Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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—Es un muchacho muy inteligente —dijo la señora Bell.

—Lo es, pero… —la señora Andrews bajó la voz— creo que dice cosas raras. Gracie me dijo al regresar del colegio la semana pasada que él le contó un terrible galimatías sobre gentes que viven en la costa, cosas en las que no puede haber un punto de verdad. Le dije a Gracie que no las creyera y me dijo que Paul no esperaba esto tampoco. Pero si no esperaba que le creyese, ¿para qué se las contó?

—Ana dice que Paul es un genio —dijo la señora Sloane.

—Puede que lo sea. Uno nunca sabe qué esperar de estos americanos —dijo la señora Andrews. El único contacto de esta señora con la palabra «genio», era bajo la forma popular de decir «que tiene su genio» a la persona de carácter algo irritable.

En el aula, Ana se hallaba sentada sola ante su escritorio tal como lo estuviera dos años atrás, el primer día de clase, con la cara apoyada en la mano y los húmedos ojos mirando pensativamente el Lago de las Aguas Refulgentes a través de la ventana. Su corazón estaba tan triste por la partida de sus alumnos que la universidad había perdido todo su encanto por el momento. Todavía sentía el abrazo infantil de Annetta Bell y escuchaba su lamento: «Nunca querré a otra maestra tanto como a usted, señorita Shirley; nunca, nunca».


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