Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea Durante dos años habÃa trabajado con ganas y fidelidad, cometiendo muchos errores y sacando enseñanzas de ellos. Tuvo su premio. HabÃa enseñado algo a sus alumnos, pero sentÃa que éstos le habÃan enseñado mucho más; lecciones de ternura, de autocontrol, de inocencia, de ciencia de los corazones infantiles. Quizá no habÃa tenido éxito en «inspirar» alguna ambición hermosa en sus alumnos pero, gracias a su dulce personalidad más que a todos sus cuidadosos preceptos, les habÃa imbuido enseñanzas que les serÃan necesarias en el futuro; adoptando la verdad, la cortesÃa y la bondad; manteniéndose alejados de toda falsedad, mezquindad y vulgaridad. Quizá eran inconscientes de haber aprendido tal lección, pero la recordarÃan y la pondrÃan en práctica hasta mucho después de haber olvidado la capital de Afganistán o las fechas de la Guerra de las Dos Rosas.
—Se cierra otro capÃtulo de mi vida —dijo Ana en alta voz, mientras echaba llave al pupitre. Se sentÃa realmente muy triste por ello, pero lo romántico de la idea del «capÃtulo cerrado» la consolaba un poco.
Ana pasó una semana al comienzo de las vacaciones en «La Morada del Eco» y todos se divirtieron mucho.