Ana, la de Avonlea

Ana, la de Avonlea

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Llevó a la señorita Lavendar de compras al pueblo y la convenció para que se comprara un nuevo vestido de organdí; luego llegó la excitación de cortarlo y coserlo juntas, mientras la feliz Charlotta IV se encargaba del tijereteo. La señorita Lavendar se había quejado de que no podía sentir mucho interés por nada, pero los ojos le volvieron a brillar ante su bonito vestido.

—Qué tonta y frívola debo ser —suspiró—. Estoy completamente avergonzada de que un vestido nuevo, aunque sea de organdí, me ponga tan alegre, cuando una buena conciencia y una contribución adicional a las Misiones Extranjeras no lo consiguieron.

En la mitad de su visita, Ana regresó a «Tejas Verdes» para remendar las medias de los mellizos y responder al cúmulo de preguntas de Davy. Por la noche, fue hasta el camino de la costa a ver a Paul Irving. Mientras cruzaba frente a la baja y cuadrada ventana de la sala de estar de los Irving, vio al pequeño Paul sentado en el regazo de alguien, pero al instante siguiente el niño cruzó corriendo el salón.

—¡Señorita Shirley! —gritó excitado—, ¿sabe qué ha ocurrido? Algo maravilloso. ¡Papá está aquí… qué le parece! ¡Papá aquí! Pase. Papá, ésta es mi maestra.


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