Ana, la de Avonlea

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Stephen Irving se adelantó con una sonrisa a recibir a Ana. Era un cincuentón alto y guapo, con cabellos grises, ojos azules y profundos y una cara fuerte y triste. «Justo la cara de un héroe de novela», pensó Ana, mientras se estremecía de satisfacción. Hubiera sido desilusionante conocer a alguien que debiera ser héroe y encontrarle calvo o encorvado o carente de belleza masculina. Ana hubiera considerado terrible que el objeto del romance de la señorita Lavendar no hubiese estado a la altura de sus antecedentes.

—De modo que ésta es la «linda maestra» de mi hijo, de quien tanto he oído hablar —dijo el señor Irving con un sincero apretón de manos—. Las cartas de Paul hablaban tanto sobre usted, que casi me siento como si la conociese desde hace tiempo. Quiero agradecerle lo que ha hecho por mi hijo. Creo que su influencia ha sido exactamente lo que necesitaba. Mamá es una mujer muy buena y cariñosa, pero su sentido común escocés no podía comprender un temperamento como el de mi pequeño. Usted le ha dado lo que le faltaba. Me parece que gracias a ambas, la educación de Paul durante estos dos años ha sido casi la ideal para un niño sin madre.




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