Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea A todo el mundo le gusta ser apreciado. Ante las alabanzas del señor Irving, la cara de Ana «se sonrojó como un capullo de rosa» y el ocupado y triste hombre de mundo que la miraba pensó que nunca había visto un ejemplo más dulce y hermoso de adolescencia que esta pequeña maestra, con su roja cabellera y sus hermosos ojos.
Paul se sentó entre ambos terriblemente feliz.
—Nunca soñé que papá viniera —dijo radiante—. Ni abuelita lo sabía. Fue una gran sorpresa. Por lo general —Paul sacudió su rizada cabellera con gravedad— no me gusta que me sorprendan. Cuando a uno lo sorprenden, se pierde toda la diversión de esperar las cosas. Pero en un caso como éste, está bien. Papá llegó anoche cuando ya me había acostado. Y tras la sorpresa de la abuelita y de Mary Joe, él y abuelita subieron a verme. No pensaban despertarme hasta por la mañana. Pero me desperté y vi a papá. Le aseguro que salté hacia él.
—Con un abrazo de oso —dijo el señor Irving sonriendo mientras ponía su brazo sobre el hombro de Paul—. Apenas pude reconocerlo, tan crecido, fuerte y tostado por el sol está.