Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea —No sé quién estaba más contento de ver a papá, si la abuelita o yo —continuó Paul—. Ella ha estado todo el dÃa en la cocina, haciendo las comidas que le gustan a papá. Dice que no se fÃa de Mary Joe. Ésa es su manera de demostrar la alegrÃa. A mà me gusta más sentarme a conversar con papá. Pero ahora les voy a dejar por un momento, si me lo permiten. Debo reunir las vacas. Es uno de mis deberes diarios.
Cuando Paul hubo salido a cumplir con su «deber diario», el señor Irving habló con Ana de varios temas. Pero la muchacha tuvo la sensación de que él pensaba en otra cosa durante todo ese tiempo. Y de pronto, salió a la superficie.
—En la última carta, Paul me habló de una visita que usted hiciera a una vieja… amiga mÃa… la señorita Lewis, en la casa de piedra de Grafton. ¿La conoce usted bien?
—SÃ, es una amiga muy querida —fue la seria respuesta de Ana, que no dio muestras del repentino estremecimiento que la recorrió de pies a cabeza ante la pregunta del señor Irving. Ana «sintió instintivamente» que el romance asomaba ante ella.