Ana, la de Avonlea
Ana, la de Avonlea El señor Irving se levantó, fue junto a la ventana y se puso a contemplar el mar, inmenso y dorado, donde jugueteaba el viento. Durante unos momentos, el silencio reinó en la oscura habitación. Entonces se volvió y miró a la cara comprensiva de Ana con una sonrisa, mitad caprichosa, mitad tierna.
—Me gustaría saber cuánto sabe usted.
—Lo sé todo —respondió Ana prestamente—. Verá usted, la señorita Lavendar y yo somos amigas íntimas. Ella no diría cosas tan sagradas a cualquiera. Somos almas gemelas.
—Sí, creo que lo son. Bueno, le voy a pedir un favor. Me gustaría ver a la señorita Lavendar, si ella lo consiente. ¿Le preguntaría usted si puedo ir?
¡Claro que sí! ¡Desde luego que lo haría! Sí, éste era un romance real, con todo el encanto de la poesía, el cuento y el sueño. Era un poco tardío, quizá, cual una rosa que florece en octubre, cuando debiera haberlo hecho en junio, pero sin embargo era una rosa, toda dulzura y fragancia, con el brillo del oro en su corazón. Nunca la llevaron sus pies con más voluntad que aquella mañana a Grafton, a través de los bosques. Encontró a la señorita Lavendar en el jardín. Sus manos se helaron y la voz le tembló.
—Señorita Lavendar, tengo algo que decirle, algo muy importante. ¿Adivina qué es?